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La luz de la esperanza
Título: La luz de la esperanza
Capítulo 4 (13-Mar-2002)
Relato original de Myther.
Autor: Myther
Final de la era oscura
El libro de las
Enseñanzas
Capítulo 4, La profecía:
Finales del 1º MES DE INVIERNO del 587 Búsqueda del linaje perdido
A medida que respiraba, nubes de vapor se formaban a su alrededor. Ráfagas de viento le golpeaban por todos lados y le hacían bambolearse de un lado a otro de manera inestable. La barba y el bigote estaban congelados y algunos copos de nieve humedecían todo su vello facial. Las cejas, heladas y cubiertas de nieve parecían canosas. Se frotó las manos, cubiertas con un trozo de tela a modo de guantes, como anteriormente había hecho ya cientos de veces mientras subía aquella interminable cuesta. Tras él quedaban sinuosas huellas, marcadas sobre la espesa capa de nieve, olvidadas en el tiempo mientras el viento juguetón las acariciaba y las hacía desaparecer. Apoyado sobre una vara de madera de nogal y cubierto por una fina manta ascendía lentamente ayudándose a sostenerse con el palo cuando sus piernas se negaban a realizar algún esfuerzo más. Hacía más de dos semanas que había emprendido aquél viaje en busca de algo que hacía veinte años había dejado sin hacer. “Cuestión de orgullo” les respondía a quienes le preguntaban, pero quizá fuese algo más. Cogió el extremo de la manta y se la colocó de tal forma que no se escapase con la fuerza del viento cuando la soltara. Un paso más y después otro. La pendiente era interminable. A lo largo de aquella mañana se había encontrado con algunos campesinos y parroquianos que huían de sus casas, escapando de aquellos sanguinarios jinetes que les atacaban en nombre de Molgar. Muchos de ellos le tachaban de loco por intentar ir al lugar del que todos huían, otros le compadecían diciendo “seguramente esté buscando la muerte”. Pero no tenía ninguna intención de morir. Siguió ascendiendo la cuesta, detrás de la cual, según le habían dicho, encontraría el poblado que andaba buscando. Y allí, hallaría lo que durante tantos largos años había dejado olvidado en sus recuerdos. Apretó con fuerza la vara hundiéndola en la nieve e hizo fuerza para seguir avanzando. Estaba cansado, exhausto y dolorido, tan sólo su voluntad de hierro y su honor le hacían seguir avanzando pensando en lo cerca que quedaba ya su cometido.
Un ataque de tos le sobrevino y dolorido se encogió con las manos en el pecho. Le costaba respirar y a cada espasmo de tos el dolor se hacía más lacerante. Sus manos, amoratadas por el frío, quedaron manchadas de sangre al limpiarse los labios. Con un suspiro, una vez se le había pasado el ataque de tos, siguió caminando consumido por la enfermedad y la fiebre que le poseían intentando atraerle hasta las tinieblas de la inconsciencia. A lo lejos, por encima del final de la rampa se podían ver espesas nubes de humo. Aquella visión le urgió a darse prisa preocupado por que al final llegara demasiado tarde. Apenas sentía los dedos de los pies, pero se obligó a seguir caminando, ascendiendo, incansable, aquella interminable pendiente.
Un golpe de viento le abofeteó la cara al llegar a la cúspide de la rampa. Se volvió y miró hacia abajo, al valle por el que había comenzado a subir aquel repecho. A lo lejos, cubiertos también por unas capas para protegerse del frío distinguió tres figuras aunque no supo realmente si eran hombres o mujeres. Después oteó al otro lado el horizonte. Unos metros más abajo de donde ahora se encontraba, estaba el poblado que andaba buscando, aunque una espesa niebla de hollín y cenizas enturbiaba su visión. Muchas de las casas, la mayoría del poblado ardían como hogueras incandescentes mientras se oían gritos desgarrados y sollozos incomprendidos. Fue entonces cuando alcanzó a comprender porque toda la gente huía de aquél lugar y en cierto sentido deseo hacerlo él también. Los jinetes de Molgar habían asediado y tomado otro poblado en nombre de su señor, arrasando y quemando todo lo que encontraban a su paso y dejando vivos tan sólo a aquellos que les hicieran falta.
Un nuevo ataque de tos le hizo doblarse sobre sí mismo. El manto blanco de la nieve se cubrió de manchas carmesíes mientras trabajosamente llevaba aire a sus pulmones y las últimas convulsiones remitían de manera cada vez más dolorosa. Levantó la vista con los ojos vidriosos y algo enturbiados y distinguió a lo lejos, en las afueras del poblado y acercándose a él, a unos jinetes, aunque no supo con certeza si se trataba de los jinetes negros de Molgar o de una de esas compañías de sus antiguos camaradas que intentaban ayudar a los campesinos y parroquianos de los pueblos que se veían atacados por aquellos mercenarios asesinos. Una nueva ráfaga de viento apartó levemente la humareda como si hubiera leído sus pensamientos, lo que le permitió distinguir las armaduras negras que siempre llevaban los caballeros de Molgar. Todavía no le habían visto, pero si se mantenía allí durante mucho tiempo acabarían por verle; y aunque no les temía, porque ya se había enfrentado con ellos en más de una ocasión y sabía la escoria que eran, el enzarzarse en una lucha de cientos contra uno no le parecía demasiado optimista. Así es que de manera rauda e intentando dejar el menor número de huellas posibles se escondió en unos matorrales desde donde podía ver sus movimientos y permanecer oculto a sus ojos vigilantes. Rezó para que un nuevo ataque de tos no le sobreviniera cuando ellos pasaran por delante suya y miró expectante esperando a que se alejaran. A su mente vinieron aquellas tres personas que había visto ascender por detrás suya y preocupado se preguntó que suerte correrían cuando se encontraran con aquellos jinetes. Desechando la idea de avisarles se acurrucó junto al matorral, justo cuando los siete jinetes, montados todos ellos en potros negros, pasaban por delante suya mirando a ambos lados del camino. El peligro pasó y él se levantó algo helado y con las ropas húmedas.
El viento soplaba cada vez de manera más insistente y en una de aquellas ráfagas, que parecían dirigidas a su débil cuerpo, los extremos de la manta se soltaron y el viento la arrastró lejos de donde él se encontraba, dejándolo sin lo único que le protegía del frío. Sus ropas, todas ellas elaboradas de forma delicada en cuero blando, no impedían que el frío llegara hasta sus huesos, por lo que lentamente todo su cuerpo comenzó a helarse y dejó de sentir tanto sus piernas como sus brazos. Caminaba hacia el poblado aunque de forma autómata, los pocos árboles que crecían dispersos a ambos lados del camino nevado comenzaron a dar vueltas y a retorcerse frente a sus ojos, el silbido del viento comenzó a hacerse cada vez más ensordecedor hasta que finalmente llegó a copar todos sus sentidos. Lentamente, mientras con pasos inseguros se adentraba en las cortinas espesas de humo, el frío comenzó a consumirle.
Evayr cerró el libro que acababa de terminar de leer y lo colocó en la estantería, en el lugar que le correspondía junto a otros tantos libros encuadernados de la misma forma. Toda la habitación estaba repleta de estanterías cargadas de libros. Aquél era el lugar preferido de Evayr, donde pasaba las horas muertas ojeando y estudiando todos aquellos libros. Allí, en ese lugar apartado, era donde había desarrollado sus dotes de curandera. La joven sanadora, se colocó la capucha de su capa azul sobre la cabeza y salió de la habitación. Su hermana gemela, Letice, paseaba nerviosa de una lado a otro del pasillo, mientras de fondo, oía el repiquetear constante del martillo sobre el yunque de la forja. Su padre seguía trabajando en la herrería.
Un suspiro de rabia y resignación escapó de sus sedosos labios. Odiaba toda aquella situación, desde hacía unas dos semanas había comenzado aquel mal tiempo que ahora parecía no querer abandonarles, después, habían llegado aquellos jinetes con armaduras negras, con aquellos ademanes de altanería que tanto le repudiaban. Más tarde comenzaron los saqueos y los incendios de las casas hasta que finalmente asesinaron o esclavizaron a todo el poblado excepto a aquellos que les hicieran falta. Ese era su caso. Cyrium, su padre, había sido requerido como herrero para fabricar las armas que precisaron durante su cada vez más larga estancia en el poblado. Evayr hubiera deseado escapar como habían hecho muchos otros y huir de aquellos salvajes que las trataban de aquel modo tan hosco y rudo. A juzgar por el rostro ceñudo y la crispación con la que se movía de un lado para otro, su hermana Letice pensaba lo mismo.
Letice golpeó con su puño en una de las paredes.
- No vas a arreglar nada golpeando las paredes - repuso Evayr con una sonrisa burlona.
- Si por mí fuera - le espetó enfurecida Letice -, golpearía a esos asquerosos jinetes. No aguanto sus sandeces ni sus insultos.
Evayr sonrió divertida. El carácter de su hermana no había menguado ni un ápice, es más, parecía haberse exaltado con la llegada de los mercenarios de Molgar. En cierto sentido siempre había envidiado la fuerza y la entereza de su hermana ante situaciones difíciles, pero también temía que algún día ese temperamento les acarreara algún problema del que no pudieran zafarse como ya habían hecho en alguna ocasión.
- Debes tranquilizarte - intentó apaciguarla -. Pronto las cosas volverán a la normalidad y estos jinetes se marcharán - manifestó no muy convencida. Letice pareció creerla aunque no dejó de pasear nerviosa de un lado a otro del pasillo mientras volvía a sumirse en su mutismo.
Evayr se dirigió a la habitación en la que tenían la hoguera y se sentó frente al fuego, viendo como las llamas retozaban danzarinas mientras el silbido insistente del viento y los truenos de la incipiente tormenta parecían estar alejados de aquel lugar de paz y tranquilidad. Un estrepitoso golpe en la puerta de la calle la sobresaltó. En el pasillo oyó la voz irritada de su hermana Letice.
- Ahora aprenderán estos malditos mercenarios - gritaba enfurecida -. Se creen con la suficiente autoridad para entrar aquí cuando bien les convenga. Pues esta vez no aguantaré sus miradas de superioridad y sus insultos - profería mientras se acercaba a la puerta -. Les atravesaré a todos con la punta de mi espada.
Evayr se levantó presurosa del sillón tapizado en terciopelo rojo con la intención de abrir la puerta antes de que su hermana cometiera una equivocación. Pero antes de que llegara hasta la puerta, Letice giraba ya el picaporte. Evayr esperó oír el grito agónico del hombre cuando su hermana le clavara en el pecho la espada, pero nada de eso ocurrió. Antes de que Letice pudiera reaccionar, un hombre, cubierto casi totalmente por la nieve, calló en sus brazos inconsciente. Letice consiguió cogerle antes de que se golpeara en el suelo.
- Evayr... - musitó sorprendida -. ¡Ayúdame, está sangrando!
Evayr se acercó diligente hasta donde su hermana tendía a aquél hombre inconsciente. Se echó la capucha de la capa hacia atrás y posó una de sus manos en la frente del hombre. Asustada apartó la mano.
- Está ardiendo - le indicó a Letice, que cerraba la puerta de la calle que aún se mantenía abierta de par en par -. Ayúdame, tenemos que llevarle a nuestro dormitorio.
Evayr le cogió por debajo de los hombros y con la ayuda de su hermana, que le aferraba por los pies, logró llevarlo hasta su dormitorio. Le tendieron sobre la cama y le arroparon con algunas mantas para que volviera a entrar en calor.
- Prepara algunas toallas calientes - le ordenó Evayr -. Apresúrate.
Letice desapareció cerrando tras de sí la puerta. Evayr volvió a tocarle la frente, le pareció que la temperatura había aumentado aún más, y se preocupó.
- Sus ropas están húmedas - murmuró al tocarle las ropas de cuero blando aún cubiertas de nieve.
Evayr lo desarropó y comenzó a quitarle las ropas para evitar que enfermara aún más. Letice entró de nuevo en la habitación cargada con algunas toallas y se quedó turbada al presenciar a su hermana despojando a aquél hombre de sus pantalones de guadamecí. Evayr observó la mirada sorprendida de su hermana y sus mejillas se sonrojaron ardientemente.
- No es lo que piensas... - comenzó a explicar.
- No, si... me parece bien - se mofaba Letice -. Pero Evayr, podrías ser más considerada - seguía burlándose de su hermana a medida que ésta se sonrojaba aún más -. ¡Con un moribundo! Si estabas tan necesitada podrías habérmelo dicho y te hubiera presentado a algunos de mis pretendientes.
Evayr se volvió algo enfurecida y le espetó:
- No es momento para tus bromas, Letice. Este hombre se está muriendo y necesito tu ayuda. Coloca las toallas en la cama y ponle una en el vientre y otra en los pies - le dijo señalándole al hombre sobre el que tendía las manos.
Letice dejó de mofarse de su hermana y le colocó las toallas al mortecino hombre. Tenía los pies helados y algo amoratados, y de vez en cuando algunos escalofríos le recorrían todo el cuerpo haciendo que su cuerpo se convulsionara con cada espasmo. Evayr le impuso las manos en la frente y cerró los ojos. Lentamente al principio, comenzó a murmurar palabras olvidadas en el arte de la curación, palabras insólitas y misteriosas que guardaban un significado que nunca había logrado entender Letice. Después el canto de su hermana creció en rapidez y en altitud hasta que llegó a llenar toda la estancia. Después, y como había comenzado, terminó de recitar la salmodia y apartó las manos de su frente. Evayr esperó ansiosa que el enfermo diera muestras de recuperarse, pero la fiebre no remitió aunque de manera gradual sus extremidades comenzaron a recuperar su riego sanguíneo y el color morado acabó por desaparecer.
- Bien, Letice, cámbiale las toallas y prepara algunas más - le dijo volviéndole a tocar la frente al moribundo.
- ¿Se pondrá bien? - preguntó preocupada Letice.
- Aún es pronto - murmuró Evayr -. Está muy enfermo y no sé si mis artes curativas podrán salvarle la vida. Ahora lo que necesita es reposo. Yo me encargaré de cambiarle las toallas - se ofreció Evayr. Letice recogió las toallas y salió de la habitación cerrando la puerta con cuidado.
Sonrió. ¿Podría ser que ese hombre hubiera atraído a su hermana? Le pareció poco probable, pero la sola idea le divertía.
Aramar miró hacia arriba, una larga pendiente les separaba de su objetivo, y pensó que sus viejos huesos no aguantarían toda aquella escalada. Si hiciera uso de su magia, podría teletransportarse hasta lo alto de la cuesta, pero tanto él como Myther habían decidido no hacer uso de su magia para pasar desapercibidos. Myther pareció leerle el pensamiento porque le miró suspicazmente como si supiera lo que estaba pensando mientras le dedicaba una furtiva mirada. “¿Realmente, sus poderes eran tan amplios que le permitían leer la mente de los que estaban a su alrededor?” Le pareció imposible, pero acostumbrado como estaba a que Myther le sorprendiera desde que le había conocido, esperaba cualquier cosa de él.
Alyciam caminaba por detrás, algo agotada por la larga caminata que llevaba a sus espaldas y quizás algo helada. Mantenía la mirada fija en el suelo, en los pasos que daba para no perder el equilibrio y caer rendida sobre la nieve, mientras con sus manos aferraba la capa para evitar que se abriera por el fuerte viento y la dejara desprotegida, aunque sólo fuera durante unos instantes, ante el frío desgarrador que asolaba aquellas tierras áridas y sin vida, a excepción de algunos árboles dispersos y los comunes arbustos y matorrales que crecían en cualquier sitio. Hubiera deseado seguir en su casa, caldeada al lado de la hoguera y cuidando de su padre, pero aunque había pasado tan sólo una semana, le parecían sueños lejanos. “Ojalá su padre estuviera bien”, deseó. Pero en el fondo nacía la duda de que su anciano y débil padre pudiera sobrevivir durante mucho tiempo si andaba huyendo de los ejércitos con aquél extraño temporal de frío que parecía recorrer todo el reino.
Distraída como estaba, no se dio cuenta de que Aramar y Myther se habían parado, y chocó contra las robustas espaldas del mago más joven. Esté se giró bruscamente.
- Mira por donde andas, - le dijo -. No podemos estar pendientes de ti cuando quizá todo un ejército nos pueda estar esperando allá arriba - Alyciam bajó la cabeza contrariada y compungida -. Mira hacia arriba - la dijo ahora en un tono amigable.
Alyciam levantó la cabeza. Al principio, y por culpa de la ventisca de nieve, no consiguió distinguir nada, tan sólo las siluetas oscuras de los árboles sin hojas. Después, y a medida que esforzaba la vista, distinguió en lo alto de la cuesta, la silueta de un hombre cubierto con unas mantas. Parecía mirarles y estar observándoles. Pero tan pronto como había conseguido verle, desapareció.
-Bien, sigamos - les urgió a los dos Aramar -. Sea quien sea nos ha visto, aunque no parecía ser un mercenario de Molgar.
- Quizás fuese alguno de los habitantes del poblado - sugirió Alyciam.
- Sería algo poco probable, ¿no crees? - le indicó sarcástico Myther -. Una persona en su sano juicio huiría de una ciudad que está ardiendo y no se encaminaría hacia ella.
A Alyciam le enfurecía que la hablara en aquel tono. Siempre se dirigía a ella con aquel aire de superioridad que tanto la exasperaba, y había momentos en los que desearía no haber conocido a aquél mago en su vida. En cambio Aramar era distinto, aunque casi siempre se mantenía ausente, siempre se había dirigido a ella de manera amigable por no decir paternal. Y si no hubiera sido por los tratos que el mago le había dispensado, les hubiera abandonado a la más mínima oportunidad.
Aramar volvió a detenerse.
- ¿Qué ocurre ahora? - inquirió Alyciam detrás de él.
- Vienen unos jinetes. Esta vez si son los caballeros de Molgar - le explicó -. Tenemos que ocultarnos. No podemos dejar que nos vean.
El anciano mago se afianzó sobre el cayado y se dirigió con pasos rápidos afuera del camino nevado. Tras de sí, le seguían Myther y Alyciam que dirigían miradas hacia atrás para comprobar si los jinetes les habían visto. Estaban a salvo, la ventisca de nieve y la distancia que les separaba de ellos había hecho imposible que les vieran.
- Guardad silencio - les ordenó Aramar.
Los tres se acurrucaron tras algunos setos intentando aguantar la respiración para no hacer ningún ruido. La compañía, de unos escasos siete jinetes, pasaron por delante de ellos sin sospechar que estaban escondidos a la vera del camino. Después cuando la comitiva había desaparecido del campo visual de los tres, se levantaron y volvieron al camino despejado.
El anciano mago comenzó de nuevo a ascender la empinada pendiente apoyándose en su bastón mágico. Al poco de comenzar su ascensión se cubrió con la capucha manteniendo su rostro escondido en las sombras que ésta le propiciaba. Myther le seguía con pasos rápidos y firmes, y más allá, casi comenzando a subir la pendiente donde antes se habían parado, caminaba Alyciam con la cabeza gacha y el rostro enjuto. De vez en cuando resbalaba por culpa del hielo, aunque en ninguna de esas ocasiones llegó a caerse totalmente al suelo, sin embargo, cuando llegó a lo alto del declive, algunos moratones cubrían sus doloridas rodillas. Una espesa nube les cubrió rápidamente a medida que se acercaban al poblado y temieron que todas las casas estuvieran ardiendo. Pero como comprobaron más tarde había edificios que se conservaban intactos, quizá los que eran de vital importancia para cuando llegaran los ejércitos de Molgar. En pie se alzaban todas las tabernas para regocijo de los mercenarios; el templo, que se encontraba junto en la plaza central del pueblo rodeado de lo que en otro tiempo podía haberse tratado de jardines; y más adelante una hilera de edificios que aún seguían intactos con el propósito de albergar a las tropas de mercenarios que reclutaran. Aramar les guió alejándoles de aquellos edificios.
- ¿Dónde estará la herrería? - inquirió Alyciam.
- Shhh... baja la voz - le ordenó Aramar -, podrían oírnos - le explicó mientras tiraba del brazo de Alyciam para atraerla junto a él -. Manténte detrás de mí. Myther caminará justo detrás de ti, e intentar no separaros. La herrería está más allá de aquella espesa humareda, casi a las afueras del pueblo. Allí las encontraremos.
En un principio Alyciam pudo ver que Aramar les guiaba por estrechas callejuelas como si conociera realmente el desolado poblado, pero después, cuando se internaron en la humareda del incendio le fue imposible saber por donde caminaban. El aire se hizo irrespirable y pronto Alyciam comenzó a toser, ahogándose. Poco después perdió de vista a Aramar y mientras intentaba no respirar el humo, dejó de sentir a Myther a su espalda. Sintió pánico. Y rodeada de toda aquella oscuridad, comenzó a avanzar hacia donde creía haber visto dirigirse al mago. Le pareció estar andando durante varios minutos sin que el espeso humo remitiera, y llegó a la conclusión de que estaba perdida. La atmósfera estaba cargada de cenizas y aunque no distinguió ningún fuego, algunas brasas todavía ardientes caían sobre su piel provocándole algunas quemaduras. Sus pulmones comenzaron a cargarse del humo irrespirable que se extendía por todos lados, y pronto las toses de Alyciam fueron más pronunciadas y poco a poco sintió como le faltaba el aire. Desconsolada y aturdida se sentó en el suelo cubriéndose la boca con un pañuelo para lograr respirar.
-¿...Aramar...? - llamó -. ¿Dónde estáis?
No hubo respuesta.
- ¿Dónde... - tosió atragantada -... os habéis metido?
De nuevo tan sólo el crepitar del incendio lejano pareció escucharla. Alyciam se obligó a levantarse y siguió caminando sin rumbo mientras débilmente murmuraba los nombres de los dos magos.
Deambuló tanteando las paredes con la mano izquierda mientras con la derecha continuaba tapándose la boca. Poco a poco sintió un fuerte dolor en la cabeza y una opresión en el pecho. Tenía la boca reseca y toda su garganta y sus fosas nasales parecían arder como las casas. Deseó llevarse agua a la boca pero lo único que consiguió fue que la sequedad de su garganta aumentara con esos pensamientos. Las rodillas le temblaron y cansada se apoyó en una de las esquinas de una intersección de dos calles. Una suave brisa le golpeó en la cara.Aire limpio.
Reanimada, volvió a caminar esta vez por la calle perpendicular, por donde había sentido que le golpeaba la brisa. Lentamente la humareda se fue aclarando hasta que finalmente salió de la cortina de humo. Nevaba, los copos de nieve y el viento la golpearon y aunque exhausta y al borde de la asfixia, Alyciam agradeció el frío contacto de la nieve que hizo que remitiera su resquemor interno.
A lo lejos había una casa algo apartada del poblado. Por delante de ella y en dirección hacia la casa vio a un hombre que caminaba algo renqueante y cubierto casi por entero de nieve, le pareció reconocerle como el que les había estado mirando desde lo alto del declive cuando ellos comenzaban a ascender la pendiente. No sabía muy bien porqué, pero, aunque el humo aún no había invadido esa zona, todo le parecía estar envuelto en una espesa niebla. “Quizá sea por el polvo que se me ha metido en los ojos” pensó, pero aquél dolor de cabeza que le embriagaba de tal forma le hacía sentirse tan cansada...
Volvió a toser, las nieblas que veían sus ojos se hicieron cada vez más espesas, hasta que finalmente rendida cayó al suelo. Sentía como sus pulmones parecían estallar a medida que tosía, y por más que intentaba aspirar aire limpio, aquella sensación de ahogo no desaparecía. Quiso gritar y pedirle ayuda al hombre que iba por delante suya, pero no le fue posible.
Alyciam quedó inconsciente sobre la fría nieve.
Lentamente abrió los ojos, un punzante dolor le impidió incorporarse. Sentía todo el cuerpo entumecido y todo su cuerpo tiritaba compulsivamente. Creyó que se estaba muriendo.
- No te muevas - oyó que le decía una voz ronca. Era Myther y junto a él estaba también Aramar, ambos arrodillados junto a ella -. ¿Se puede saber por qué te separaste de mí? - le preguntó dulcemente, algo que le sorprendió bastante, “quizá es por que me estoy muriendo” supuso. Al menos su último recuerdo sería grato.
- Me duele todo el cuerpo - les explicó Alyciam -. Me estoy muriendo ¿verdad?
Myther estalló en carcajadas, Aramar sonrió y después se cubrió la cabeza con la capucha impidiendo que la joven pelirroja viera su rostro. Alyciam les miró incrédula.
- ¿Morirte...? - logró decir Myther mientras seguía riendo -. No jovencita, aún no morirás - y más serio la dijo -. Pero si sigues haciendo estas tonterías seguramente algún día lo harás - Myther se incorporó y se alejó de ella murmurando -: ¿... morirse...?
Alyciam oyó sus carcajadas. Quiso enfurecerse pero no tenía fuerzas.
- Bien - comenzó Aramar -, ahora te tomarás esto - le dijo mientras le tendía un pequeño frasco con un líquido dorado -. Ya verás como mejoras.
Alyciam abrió el frasco. Olía fatal, arrugó la nariz y de un solo trago se bebió todo el frasco. Su sabor era peor que el olor, un sabor acre se quedó en toda su boca, pero poco a poco notó la mejoría; el dolor del pecho iba remitiendo.
- ¿Puedes incorporarte? - le preguntó tendiéndole una mano.
- Creo que sí - le dijo intentando incorporarse.
- Vamos - oyeron decir a Myther -. Ya hemos perdido demasiado tiempo. Si alguien la ha visto aquí tendida en el suelo entonces pronto todo esto estará lleno de caballeros - y caminando hacia la casa que había más adelante, preguntó dirigiéndose a Aramar -: Esta es la herrería ¿no es así?
- Sí - le respondió Aramar atusándose la capa -. Ese es el hogar de Cyrium Bleightane, el padre adoptivo de las dos gemelas.
- Pues no perdamos más tiempo - musitó Alyciam en un tono sarcástico mientras comenzaba a caminar adelantando a Myther. El joven mago sonrió cuando Alyciam pasó junto a él, enojada y sin mirarle.
Otra vez sonó la puerta. Así no podía concentrarse. Para conseguir estar durante horas forjando las armas que tan insistentemente le pedían los caballeros de Molgar necesitaba concentración. Y si no dejaban de aporrear la puerta no conseguiría hacerlo. Hacía algunos minutos que habían vuelto a llamar. En un principio Cyrium pensó que se trataría de aquél adúltero capitán Grohan, que volvería para encargarle algún otro cargamento de armas, pero pasó el tiempo y nadie entró dando un portazo en la herrería, así es que volvió al trabajo. Pero ahora, volvían a golpear la puerta. Le extrañó que llamaran tanto a la puerta y que nadie fuera a la herrería, porque ya eran pocos los que quedaban en el poblado a excepción de todos los mercenarios y algunas familias a las que habían obligado a quedarse; y normalmente las únicas visitas que tenían eran las del arrogante Grohan para recoger o encomendarle más cargamentos. Tampoco se habían acercado esa mañana sus dos hijas, ni siquiera para decirle quién había llegado. Se preocupó, quizá aquellos mercenarios habían entrado en la casa y...
Dejó la pieza de acero que estaba haciendo en un cubo con agua fresca para que se enfriara, y salió de la herrería para saber que estaba pasando.
Letice abrió la puerta por segunda vez. Esta vez el afilado acero de su espada descansaba en la vaina. No quería que le ocurriera lo mismo que la otra vez, aunque en esta ocasión sí esperaba encontrarse con esos repulsivos caballeros negros. Pero una vez más, cuando abrió la puerta, ante ella no apareció ningún caballero de armadura negra, sino una joven pelirroja de más o menos su misma edad. Tenía toda la cara y las ropas manchadas de hollín como si hubiera escapado milagrosamente de un incendio. Pensó que podía tratarse de alguna superviviente de algunas de las casas que seguían quemando los usurpadores de Molgar, pero cuando tras ella vio a dos encapuchados, supuso que no debía tratarse de una superviviente. Los observó detenidamente. La joven pelirroja llevaba un arco y una espada corta, los otros dos, parecían magos y uno de ellos el más anciano, llevaba un bastón con el que se servía de apoyo. El anciano mago se echó la capucha hacia atrás y se adelantó a los otros dos. Sus dos ojos negros la miraron fijamente y a Letice le pareció ver en ellos pasar el tiempo tan rápidamente del pasado al futuro que por un momento creyó que la estaba hipnotizando. Realmente, aquellos tres viajeros, no tenían pinta de necesitar ayuda. Entonces, ¿qué era lo que querían?
- ¿No nos vas a dejar pasar? - la preguntó el anciano.
- No acostumbro a dejar pasar a mi casa a gente que no conozco - le respondió tajante. La joven pelirroja miró de hito en hito al mago y a Letice.
- Sí, en otro tiempo esa sería una gran medida, pero ahora no precisas hacerlo - Letice no le entendió y cuando el anciano hizo un movimiento para entrar, ella se puso en medio para impedírselo. El mago pareció contrariado.
- Ya le he dicho que no pasará. Dígame que es lo que quiere desde ahí fuera.
- Bien, como quieras - la dijo el mago dando un paso atrás -. Veníamos a hablar con Cyrium Bleightane y con sus dos hijas gemelas, es algo importante - le explicó.
-¿De qué conoce usted a mi padre? - preguntó interesada.
- De nada - fue la escueta respuesta del mago -. No le conozco de nada, pero he oído hablar de él. Y ahora puedes ir y decirle que salga a recibirnos como se nos merece.
Letice frunció el ceño y después le dijo:
- Esta bien, iré a buscar a mi padre, pero esperen los tres aquí.
Antes de que Letice pudiera girarse para ir en busca de su padre, oyó una voz detrás suya.
- No, déjales entrar.
Era la voz de su padre, Cyrium.
- Gracias - repuso el anciano mago mientras entraba en la casa, adelantando a la joven guerrera. Detrás le siguieron los otros dos viajeros.
Cyrium se acercó hasta el anciano mago. Su hija Letice le seguía detrás con el ceño fruncido y desconfiando de aquellos tres extraños.
- Pasen - les dijo Cyrium indicándoles a una habitación con una hoguera -, deben de tener frío. Pero... perdonen a mi hija, estos tiempos no son nada buenos y tenemos que proteger nuestra intimidad. Ya no hay que fiarse de ningún viajero...
Letice dedicó a su padre una mirada de reproche.
- Hace bien - afirmó el anciano sonriendo discretamente. Antes de que Cyrium se lo ofreciera, Aramar tomó asiento en una de las sillas -. Bueno, supongo que querrá conocernos.
Cyrium asintió levemente con la cabeza mientras su joven hija tomaba asiento junto a él. Aunque se mostraba respetuoso ante los tres forasteros, quería saber quienes eran y que era lo que querían.
- Esta es Alyciam - le presentó a la joven pelirroja -. Y este de aquí es Myther, un antiguo discípulo mío. Y yo soy Aramar.
Cyrium frunció el ceño. ¿Unos magos en su casa? ¿Qué es lo que querría de él?
- Así, que usted es mago - repuso tranquilamente -. Pero su nombre..., su nombre me resulta conocido. Si no recuerdo mal, había un mago en la corte de Lirbuck con su mismo nombre, ¿no? - el viejo herrero hizo gala de su buena memoria.
- Sí, ese soy yo.
Aquella respuesta, pilló por sorpresa a Cyrium. Era imposible que el anciano que tenía ante sí fuera el antiguo mago de Lirbuck.
-¿Usted? - inquirió extrañado -. No puede ser, Aramar murió en la guerra de Dargaten - exclamó desconcertado.
- No, no es verdad. Sigo vivo - le aseguró el mago con una sonrisa.
- ¿Y como es que consiguió escapar vivo de allí? - le preguntó desconfiado. A su lado, su hija Letice se removía inquieta con la mano en la empuñadura de su espada.
- Lirbuck me encomendó hace veinte años la misión de proteger a la descendencia que él nunca conoció - le explicó -. Y eso es lo que hice. Después me marché y esperé a que el tiempo pasara para terminar de cumplir mi palabra...
-¿Descendencia? - preguntó esta vez Letice -. Las canciones que se escribieron de aquella guerra hablan de que la descendencia de Lirbuck se perdió.
- Y así es - manifestó Aramar.
- ¿Entonces...? - le interpeló Cyrium sin comprender nada -. ¿No ha dicho que las salvó?
- Sí - le respondió pacientemente -. Así es. Cuando las leyendas narran que el linaje de Lirbuck se perdió, no se referían a que murió con él, sino que se perdió. Nadie sabía dónde estaban y si realmente estaban vivas. Pero lo que sí sabían era que habían escapado del castillo con vida, escoltadas por unos caballeros. Después pasaron veinte años.
- ¿Y usted sabe dónde está el legado perdido? - le preguntó Cyrium sorprendido. Aramar sonrió.
- Sí, y tú también Cyrium Bleightane. Tú también conoces el secreto de su paradero - murmuró el anciano mago.
La faz del herrero se quedó pálida, petrificada, los ojos y la boca abierta denotaban su nerviosismo.
- ¿Yo? - inquirió desconcertado -. Siento contrariarte, pero creo que te has equivocado de persona, yo no conozco su paradero - le indicó.
Aramar disimuló su sonrisa bajo la capa para evitar que le vieran. Después comenzó a hablar pausada y claramente para que todos oyeran bien lo que decía.
- Hace veinte años, en el castillo de Dargaten - comenzó a decir -, se comenzó a forjar la leyenda. Los caballeros de Molgar mantenían asediado el castillo de Lirbuck Hernan que esperaba la ayuda, en forma de un ejército, de su hermano. Pero una noche, cuando la luna llena se alzaba en el cielo, los ejércitos de Molgar atravesaron las defensas del castillo y lo invadieron. Mientras tanto Kathryna, la mujer de Lirbuck y soberana de Dargaten, daba a luz dos hijas gemelas. Lirbuck, sabedor del peligro que corría su mujer y su linaje encomendó la misión a dos caballeros y a mí mismo de salvarlos a ambos. Pero Kathryna murió - hasta allí, la historia que recordaba Cyrium y que contaba la leyenda era muy similar. Cyrium y Letice les escuchaban expectantes -. Los caballeros, gracias a mi ayuda escaparon del castillo con las dos hijas de Lirbuck, pero después cayeron en una emboscada y ambos murieron. Pero gracias a los dioses, las dos hijas consiguieron ser entregadas a un hombre que pudiera encargarse de cuidarlas y protegerlas - Aramar concluyó su relato y su mirada perdida se posó en Cyrium -. El resto de la historia la puedes continuar tú.
Letice se giró sorprendida y miró a su padre que tenía el semblante serio y algo pálido. “¿Acaso sabe algo de la historia de Lirbuck que no nos ha contado a ninguna de las dos?” se preguntó intranquila. “¿Por qué han venido estos tres extraños viajeros para contarnos lo que realmente ocurrió con el legado perdido? ¿Qué tiene que ver todo esto con nosotros?”. Letice esperó la respuesta de su padre.
- Letice, ve a buscar a tu hermana Evayr. Creo que debería escuchar lo que tengo que decir - le dijo apesadumbrado mientras miraba fijamente al anciano mago.
- Padre, Evayr está cuidando a un moribundo que llegó también esta mañana, poco antes de que llegaran ellos - le dijo señalando a los dos magos y a la joven de pelo rojo.
- Dile que venga. Es importante - la cara de Cyrium era completamente una máscara imperturbable e inexpresiva. Letice se preocupó, nunca le había visto tan consternado.
La joven guerrera de pelo moreno y rizado se levantó de su asiento, al lado de Cyrium, y se dirigió a la habitación donde su hermana gemela, Evayr, atendía al enfermo con sumo cuidado. Cuando entró en la habitación, Evayr seguía cambiándole las toallas y de vez en cuando le tocaba la frente para saber si bajaba la fiebre. Cuando oyó abrirse la puerta se giró para ver quién era.
- Padre quiere hablar con nosotras - le comunicó Letice.
- ¿Sucede algo? - preguntó alarmada. El carácter jovial de su hermana parecía haberse evaporado, y eso la preocupó.
- Aún no lo sé. Pero han llegado tres viajeros hablando del linaje de Lirbuck y padre a dicho que tenía algo importante que contarnos a las dos. No me preguntes el qué - se adelantó al ver la cara de incertidumbre de su hermana -, pero no tiene que ser algo bueno. Nunca había visto a padre tan preocupado - y percatándose del enfermo le preguntó -. ¿Le han bajado las fiebres?
- Sí, aunque tan sólo un poco. Ha habido momentos en los que parecía que iba a recobrar el conocimiento, pero después volvía al estado en el que llegó. Necesita bastante reposo, al menos hasta que baje la fiebre - y terminando de cambiarle una toalla le dijo -. Bien, vayamos a ver que tiene que contarnos padre.
Desde que la joven hija de Cyrium se había ido a buscar a su hermana gemela, el silencio se había adueñado de toda la sala y ninguno se había atrevido a romperlo. El herrero parecía estar vagando entre sus recuerdos y algunos goterones de sudor recorrían su frente. Aramar en cambio sonreía, aunque intentaba disimularlo tapándose entre las sombras de la capa. Myther, parecía estar ausente, o más bien concentrado en algo. Ella, se aburría. No entendía por qué tenían que darle tantas vueltas a todo esto, ¿por qué no se lo decían ya? Finalmente optó por mirar al fuego que parecía haberse empequeñecido desde que comenzó la conversación y mientras las llamas retozaban frente a sus ojos, pensó en su padre.
Oyó unos pasos, giró la cabeza y allí las vio a las dos. Eran iguales, hasta el más mínimo detalle era idéntico. Si no fuera por que una tenía el pelo liso y pelirrojo, no hubiera sabido diferenciar cual era la que antes les había abierto la puerta. En ese momento, cuando las vio a las dos juntas, reparó en la gran belleza que tenían. Una, la morena, la que respondía al nombre de Letice, llevaba los atuendos de un guerrero, y aunque su cuerpo ya estaba completamente formado, le parecía demasiado perfecto para que pudiera tratarse de una guerrera. Su hermana en cambio, aunque igual a ella era muy distinta; de ella emanaba la tranquilidad y la serenidad y en su rostro se reflejaba la paz de su espíritu. A Alyciam le pareció que era mucho más débil que su hermana gemela, aunque algunas veces las apariencias engañan. Myther, a su lado, también se había asombrado con el gran parecido de las dos hermanas. Nunca antes había sentido la sensación que ahora le embriagaba, quizás porque nunca había contemplado a dos mujeres tan bellas, o quizás porque nunca antes había pensado en mujeres, sus estudios y la magia era lo primero y lo último, nunca había tenido otro objetivo que superarse a sí mismo. Por eso ahora se sentía un poco incómodo, nunca antes se había quedado helado, como le había sucedido al abrir Letice la puerta, ante nadie, y menos ante alguien que no fuera un mago. No sabía que hacer, había llegado incluso a creer que se le había olvidado hablar, pero lentamente se obligó a calmarse y a hacer que esas sensaciones desaparecieran de su mente, hasta que finalmente logró adueñarse de sus emociones y mantener ese carácter frío que siempre le mostraba a la gente. Las dos gemelas se acercaron hasta la mesa. Evayr les dedicó una sonrisa a los tres, y después se sentó junto a su hermana, ambas al lado de su padre.
- Esta es mi hija Evayr - presentó Cyrium. Y dirigiéndose a ella, le preguntó -. ¿Es cierto que estás curando a un enfermo que llamó a nuestra puerta esta mañana?
Evayr asintió.
- Tiene altas fiebres, y sufre ciertos espasmos en todo su cuerpo. No sé si logrará sobrevivir, está muy débil.
- ¿Le conocéis? - se interesó su padre.
- No, no le conocemos - le decía mirando a su hermana -. Ni siquiera creo que sea del poblado. Supongo que será un viajero...
- ¿No ha recobrado el conocimiento? - interrumpió Aramar.
- No, aún no. En algunos momentos parece volver en sí, pero luego vuelve a sumirse en la inconsciencia - le explicó -. Lo único que hace es murmurar como si tuviera una pesadilla, habla de los caballeros negros y de un tal Andrew; parece como si se hubiera enfrentado a los mercenarios de Molgar. Cuando se recupere sabremos quién es.
Aramar se recostó sobre el respaldo de su silla complacido. Después miró a Cyrium que se removía inquieto en su asiento. A su lado Myther y Alyciam miraban fijamente a las dos gemelas.
- Bueno - comenzó titubeante Cyrium -, creo que es hora de que os diga la verdad - musitó mirando las dos caras extrañadas de sus hijas. Cyrium se limpió con manos temblorosas el sudor que recorría su frente y se humedeció los labios resecos -. Nunca creí que llegara este momento, y menos después de que hubiera pasado tanto tiempo, pero siempre temí que esto sucediera y que finalmente tuviera que contaros todo esto - el desasosiego de Letice y Evayr aumentaba, no entendían que quería decirles su padre, pero era algo malo -. Siento no habéroslo dicho antes - se excusaba -, pero siempre creí que no haría falta, que podríamos convivir como una verdadera familia.
“¿Una verdadera familia?” ¿Qué es lo que quería decir su padre con eso? ¿Acaso no eran una familia? A su lado, su hermana Evayr, parecía sumida en alguna reflexión, aunque Letice supuso que se debía al impacto de lo que acababa de decir su padre.
- Espero que algún día me perdonéis - continuó Cyrium serio. A duras penas conseguía mantener las lágrimas -. La historia que contaba Aramar no acaba ahí como él ha dicho. Una noche, hace cerca de veinte años, mientras cenaba después de haber trabajado durante toda la noche en la herrería, oí unos ruidos en el exterior de la casa. Supuse que sería un ladrón, o algún mendigo, así es que salí a espantarlo. Pero cuando abrí la puerta, tan sólo logré ver a un carromato que huía de aquí. Después oí un llanto, y entre unos matorrales, os encontré - aquello fue un duro golpe para las dos gemelas. Sus rostros pálidos, casi cadavéricos, miraron al que creían que había sido su padre durante tanto tiempo. Sus corazones latían desbocados por la impresión. Las lágrimas comenzaron a asomar en sus ojos almendrados y resbalaron por la tersa piel de sus mejillas -. Yo no soy vuestro padre, aunque juro por los dioses que siempre lo he querido ser. Desde el momento que os vi, deseé que realmente fuerais mis hijas. Con el paso del tiempo, me hice a la idea de que nadie vendría a reclamaros, que se habían desecho de vosotras; y por eso yo os crié, mientras a la gente del pueblo le decía que erais mis hijas y que vuestra madre había muerto al daros a luz. El que durante años hubiera vivido algo apartado del resto y el que casi nunca me hubiera relacionado demasiado con los demás vecinos del pueblo, hizo posible que aquella mentira fuera creíble, y que nadie supiera la verdad, al menos hasta hoy.
Cyrium miró a Aramar que a su vez le miraba fijamente. En su rostro Cyrium pudo encontrar la confianza necesaria para seguir hablando. Aramar le pidió con los ojos que terminara de contar la verdad.
- Hasta hoy nunca antes había pensado en quién podrían ser vuestros verdaderos padres. Pero ahora creo que fui un necio al no buscar a vuestra verdadera familia. Y ahora - decía dirigiéndose a Aramar -, si realmente sois quien decís ser, sé con toda certeza quienes son sus padres, y lo que las espera.
Letice y Evayr lloraban aún incapaces de creer lo que Cyrium les contaba. “¿Nosotras somos el linaje perdido de Lirbuck?” Era algo increíble pero quisieran a no, era cierto.
- No..., no, no logro entenderlo - murmuraba Letice aún impactada -. No lo creo. No lo creeré. ¿Me oís? - Letice se levantó tirando la silla al suelo por el empellón -. Padre, no creas a estos impostores. Sólo intentan embaucarte y llevarnos lejos de ti.
Cyrium la miró con los ojos bañados en lágrimas. Y Letice supo que era verdad.
- Lo siento, hijas, pero vosotras no pertenecéis a la familia Bleightane. Sois el linaje perdido. Sois... hijas de la casa real de Hernan.
Myther
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