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La luz de la esperanza

Título: La luz de la esperanza
Capítulo 8 (24-Jul-2002)
Relato original de Myther.
Autor: Myther


Final de la era oscura
El libro de las
Enseñanzas

Capítulo 8, Venganza:

Finales del primer mes de invierno
del 587
La noche del Crepúsculo


   Sangre, odio, maldad. Todo manaba de sus entrañas corroyéndole, sentía al diablo nacer de su propio corazón y aunque la repugnaba tal idea, deseaba que aquello no terminara nunca. Quería que la esencia del mal formara parte de su alma y todos aquellos que alguna vez hubieran osado dañarle corrieran desangrados entre sus manos para que realmente vieran quien era el dueño, tanto de su propia vida como de la de los demás.

En el fondo, sin que nadie llegara a percibir aquel pecado entre los muertos, lloraba, lloraba desconsolado porque, aunque anhelaba la muerte de aquellos que una vez consideraba sus amigos, en el fondo sabía que junto a aquellos corazones desangrados moría también un pedazo de su alma. Pero, dolorido y maltrecho rezó al orador de las almas sin patrimonio, que aquel sueño de maldad no terminara nunca. Deseo que las almas sin clemencia, y sobre todo aquellas almas que le habían rechazado en su efímera vida como mortal pidieran clemencia, como nunca antes lo habían hecho, bajo sus pies. Aquellos pies a los que una vez habían escupido, olvidando que él también era un ser mortal con corazón y sentimientos. Pero como siempre nadie le escuchaba, tan sólo el viento, audaz y mordaz como el sabio intemporal, le había dado consejos, en un principio malvados y contrarios a toda la esencia que siempre él había defendido, pero más tarde gemelos a su propia alma que, consumida por el odio, él mismo se había forjado.

Una lágrima, quizá la última que derramara por ella, cayó de sus vidriosos ojos hasta la hoguera de sus entrañas. La primera y la última gota de su angelical espíritu, que había conseguido sobrepasar sus demenciales defensas contra los sentimientos de un corazón corrompido por un amor despiadado, se evaporó por el fuego del odio.

Tristemente y compadeciéndose del pasado, decidió acabar con aquellos espíritus errantes, que aunque felices, vagaban sin rumbo aparente. El último pedazo de su alma murió, retorciéndose en la agonía del fuego, cuando los sentimientos de su último amor, murieron con el alma de la que una vez fue su amada. A partir de ese momento, el negro de la muerte se convirtió en sus sentimientos, mientras la fría brisa del viento se abjuraba en su fiel confidente. Sus ojos, secos y corrompidos, lloraron sangre durante toda la noche mientras su espíritu, aún combativo, pedía clemencia ante los incompasibles designios del infierno.

El último halo de claridad, le abandonó dejándole ante la voluntad de la muerte, rodeado de pensamientos sin sentimientos y cargados de una maldad que aún todavía él no comprendía pero que seguramente haría suya como muchos otros habían hecho antes que él.

Bajo el aliento que expiraba bajo sus manos, oyó la clemencia de alguien que parecía conocerle. Al poco tiempo, cuando el cuerpo inerte caía fláccido sobre la empedrada y polvorienta calle, supo que se trataba del que, hacía varios años, había sido uno de sus mejores amigos. Sonrió ante el placer de la muerte que le había provocado aquella víctima, y deseó que todo aquello no terminara nunca.

Una víctima y después otra, hasta que finalmente, aburrido de toda aquella monotonía, decidió matar a su propio corazón.

El nombre de Alyciam poseyó rápidamente todos los resquicios que quedaban de sus recuerdos racionales, mientras su alma corrupta corroía lentamente toda aquella fantasía sentimental e irreal. El alba del día nació con más de diez almas errantes que pedían clemencia antes de ser apartadas a los confines del mundo de los muertos. Entre ellos vagaban los que una vez fueron sus amigos y familiares.

Sorprendido, sintió como se evaporaba un peso de lo que ya era un corazón frío y malvado. Ahora ya podía controlar las almas de aquellos inválidos seres sin ningún tipo de compasión y remordimientos. El mundo, tal y como él lo había conocido, acabaría siendo suyo. Y rió, aún sin comprender por qué, ante la idea de matar a sangre fría sin que nadie se interpusiera ante la maldad de su mente y la maldad en lo que, lentamente, se iba convirtiendo su corazón.

Alyciam, en sus pesadillas, oyó aquella pavorosa y a la vez amargada risa. Y sintió escalofríos, pero ante todo, sintió pena.

Myther

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